Acompanyament Familiar

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Para hablar de psicomotricidad queremos hablar primero de jugar. JUGAR va más allá del juego o los juguetes, tiene que ver con la capacidad de asombrarnos, con la curiosidad, con la creatividad y vivir en el presente. Jugar parte de un motor interno en relación con el afuera y atraviesa a grandes y a pequeñas. Y cómo no podemos abarcar tanto ni es nuestra intención, queremos hablar del juego en el principio de la vida. En concreto del juego corporal compartido entre adultas y niñas en la crianza. Daniel Calmels, psicomotricista y escritor argentino, los llama “juegos de crianza”. Dice de ellos que son aquellos encuentros corporales entre los niños, niñas y sus padres o madres, que no tienen un fin en sí mismo, más que el placer compartido.

La psicomotricidad en la línea de Bernard Aucouturier, en palabras suyas es “la estrecha relación que existe entre el cuerpo, las emociones y el pensamiento, existiendo una permanente relación entre las unas y las otras. Lo llamamos la relación entre lo somático y lo psíquico. La práctica psicomotriz parte del juego espontáneo en los niños y las niñas. El juego espontaneo es la unión permanente entre aquello que es del orden de las sensaciones, de la tonicidad, de las emociones y del pensamiento inconsciente. Es un todo, el juego espontaneo en el niño, que le permite ponerse en relación consigo misma y con el mundo exterior”.

La etapa de los 0 a los 6 años, es la etapa de la globalidad en la que cuerpo, emoción y pensamiento se perciben como un todo, de manera indiferenciada. En este periodo se van asentando las bases de la independencia emocional y la constitución del cuerpo propio. El cuerpo se va construyendo en relación a las vivencias con las personas referentes en la crianza. Dicho de otra forma, el cuerpo es mirada, tacto, acción, gestos, movimientos…manifestaciones del cuerpo que se construyen en relación a cómo fuimos mirados, tocados, hablados, movidos…

“Los juegos de Crianza”, son momentos espontáneos sin un objetivo predeterminado, que surgen en el momento, sin planificación previa. Que requieren del adulto o adulta disponibilidad, ganas de sorprenderse, tiempo y presencia. Momentos en la persona adulta, no juega como un niño o niña, juega para el niño o la niña. Y juega en conexión con su propio placer y con su propio cuerpo emocionado. Y de seguro, en estos momentos privilegiados, la persona adulta encuentra algo de sí misma en conexión con su propio cuerpo. Algo de su propia historia inscrita en su cuerpo se reactualiza.

Existen espacios que ofrecen sesiones de psicomotricidad en familia de manera regular, donde padres y madres se dedican un tiempo de exclusividad y presencia para acompañar y jugar con sus hijos o hijas en un espacio preparado y acompañado por una psicomotricista. La psicomotricista cuida que el espacio sea seguro a nivel físico y emocional.

Una actividad como la psicomotricidad en familia, permite a la persona adulta marcarse un tiempo donde su disponibilidad y escucha están reservadas al juego, es decir, va predispuesto a entrar en relación con su hijo o hija a través del lenguaje corporal. Sabe que durante esa hora y media lo único que tiene que hacer estar con su hijo o hija. Lo que pasa es que los niños y las niñas no entienden del tiempo adulto y a menudo nos asaltan en las actividades cotidianas movidos por su deseo y necesidad de entrar en contacto y jugar cuerpo a cuerpo con sus padres y madres. Si nos dejamos sorprender por este momento único de juego espontáneo, nos dejamos interpelar, ni que sea por unos segundos (pues no es tanto cuánto tiempo salimos de la rutina sino qué cualidad tiene el tiempo en ese instante), de repente el espacio y el tiempo se redimensionan, y se llena de otras formas de estar y ser juntas.

Estamos hablando de esos momentos de juego que surgen de manera natural y espontánea cuando doblamos las sábanas, por ejemplo, y las criaturas se lanzan para quedarse colgando o se ponen dentro para jugar a “la barca”. Y este juego de balanceo vivido con placer que tanto repiten les remite a sensaciones regresivas de cuando han sido envueltos por un ritmo oscilante arropado con el cuerpo de sus padres.

Y de repente esa misma sábana acaba al suelo y las criaturas siguen dentro y la persona adulta agarra con fuerza para arrastrar por el pasillo a su hija. Estos arrastres generan el placer de sentir la continuidad a nivel sensorial de su cuerpo con la firmeza del suelo, y si nos dejamos llevar por el juego, variando el ritmo y la intensidad del arrastre, esta ruptura seguramente hará que emerja más emoción en los niños y niñas y diferentes sensaciones internas.

La cama de los padres, si se permite, es el espacio de relación corporal por excelencia. Es un espacio seguro donde los juegos corporales compartidos aparecen de manera natural si nos dejamos ser y dejamos ser a la criatura. Se genera un juego más instintivo, más animal, donde jugamos a comernos los pies, nos revolcamos como cachorros, nos dejamos chafar, pueden dejarse caer, desequilibrarse, hacer croquetas, probar saltos diversos, probar juntos posturas acrobáticas diversas, juegos de oposición con los cojines, etc.… y a veces estos juegos son atravesados por un mundo simbólico (familia de conejos que su madriguera está bajo las sábanas, un barco de piratas y papá o mamá es un tiburón, etc.).

Tal y como hemos visto el juego es intrínseco a las actividades cotidianas de relación con los niños y niñas. Los momentos de juego sensorio motriz compartido son momentos que requieren no más que estar a la escucha y disponible de lo que sucede de manera natural y espontánea. En ocasiones asociamos el juego con materiales y juguetes cuando hemos visto que no se necesitan de materiales que no tengamos al alcance y que el juego que pone en relación auténtica entre hijas, hijos y padres y madres es el juego mediado por el cuerpo. Si estos juegos son vividos con placer compartido, se refuerza el vínculo, la relación y la confianza.

Alicia Apolo y Neus Llop, responsables del área de psicomotricidad terapéutica de Acompanyament Familiar

 

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