Acompanyament Familiar

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Nuestras abuelas eran mandadas, y nuestros abuelos se sentaban en la mesa a esperar que ellas les trajeran lo que habían pedido, a veces, incluso, sin palabras. Las cosas se aprendían a golpes de dolor y la letra con sangre entraba. El miedo era el mayor aliado de la educación mediante un socialmente aceptado autoritarismo, porque lxs niñxs eran “malxs” y se tenían que civilizar mediante la domesticación en nombre de la cultura.

Estamos apenas empezando a visualizar algo más que un modelo patriarcal, del que venimos.

En este tránsito de una educación con abuso de poder, controladora, represora a otra educación que concibe a la niñx con respeto por sus procesos vitales, hay ciertos aspectos que se ponen encima de la mesa. No tenemos referentes educativos de cómo estamos ejerciendo el poder actualmente. La autoridad sana no es la que pone a la criatura y al adultx en la misma línea jerárquica -simplemente porque el segundo llegó antes y cuida al que llegó después-, tampoco permite que la criatura tome decisiones que no puede asumir por incapacidad (por falta de información, falta de experiencia, falta de noción del tiempo y del espacio…). Es la persona adulta la que limita lo que deciden lxs niñxs.

Es sano que a medida que las criaturas ganan autonomía, puedan decidir aspectos que les incumben, ajustados a sus capacidades y sin pasarse al otro lado, donde todo es de mantequilla, no hay límites y todo puede ser posible. Decidir ciertas cosas, ajustadas a su edad, insisto, les va bien para ser protagonistas de su desarrollo, empoderarse, crear conexiones neuronales que tengan que ver con el aprendizaje de toma de decisiones, y sobre todo, para que aprendan sobre las consecuencias de sus acciones.

María, de 14 años, se levanta tarde cada día y pierde el autobús que la lleva a la escuela. Su madre la lleva en coche, para que no llegue tarde, la “pobre”. Y ella, un día más, detiene el despertador y sigue durmiendo hasta rozar el límite, porque su inconsciente sabe en silencio que su madre, la “salvadora”, la llevará. Un buen día la madre decide no llevarla más, pues se da cuenta de que le está robando la posibilidad a María de ser responsable y autónoma. María se enfada mucho y le dice de todo. Da por hecho la “ayuda” de mamá, casi una exigencia que debe ser cumplida. La madre se ha puesto en el papel de salvadora y María se lo ha creído, siendo la víctima que no puede hacer nada por si misma ¡ay si no fuera por su mamá! ¡Ojo! María se ha puesto en el rol de agresora el día que mamá deja de llevarla en coche.

Es necesario que María pase por el “túnel”, ese tubo oscuro lleno de decepción para poder salir a la luz del otro lado, habiendo llorado y rabiado, de camino. Ese trayecto, llamado frustración, le ha permitido confrontar la realidad con la fantasía. Las cosas no son como ella quiere, y darse cuenta la invita a aceptarlas como son, habiendo pasado el momento adrenalínico de pataleta natural, que permite el aprendizaje. 

¿Cuántas veces hemos hecho por nuestr@s hij@s aquéllo que podían hacer por si mism@s?

¿Cuántos zapatos habremos atado porque era más rápido hacerlo nosotr@s?

¿Cuántas veces habremos cambiado un plan, porque a la niñ@ no le apetecía?

¿Cuántas veces habremos dado una explicación de cómo son las cosas antes de permitir que ell@s hayan experimentado por si mism@s como las perciben?

Con todas estas acciones que emprendemos “en nombre de la ayuda” hacemos entender que el mundo es un lugar hostil del que debo ser protegidx, pues no es posible salir allí y ensayar, jugar, intentar, caer, levantarme, romper, reconstruir, etc. Infundir miedo corta las alas a la autonomía, y con ello se instaura el patrón de la dependencia: hij@s mayores que aún llevan la ropa semanal a que la madre se la lave, y ella, lo hace porque es “lo normal”. ¿Estamos normalizando la dependencia?

Seguramente hay un beneficio de que lxs propixs hijxs dependan de sus padres. Todo lo que hacemos es mantenido, porque salimos ganando en una parte que compensa. Es posible que como progenitores nos sintamos importantes, útiles, si nuestrxs hijxs nos necesitan. Es posible que así nos ahorremos el aceptar que crecen y que vuelan. Si eso es lo que nos beneficia, estaría bien preguntarnos qué hueco interior estamos llenando con ellos. Lxs hijxs no deberían sentirse culpables por crecer y alzar su vuelo.

También puede ser que ahorrar a las criaturas el dolor que trae consigo una frustración cotidiana, haga que el progenitor se ahorre el dolor que se le actualizaría en su propio pecho, el cual no se permite revisitar. Por ello corta el estímulo que puede despertar aquella emoción dormida, recortando las alas expresivas del infante que cría y haciéndole afrontar sólo situaciones de éxito, dónde el ser competente prevalece por encima del “no me ha salido como quería, voy a intentarlo de nuevo”, que es lo que permite al infante adquirir aprendizajes y no aposentarse en el trono del rey y la reina acomodad@. 

Incluso también puede haber detrás de la sobreprotección de mamá y papá el argumento inconsciente “cómo lo hago yo, no lo hace nadie” que encierra una herida infantil de desconfianza: el miedo al fluir. Con lo cual es más fácil hacer por lx hijx lo que pueden hacer por si mismx, que esperar pacientemente que lo haga y no salga como a mamá o papá le gusta o en los tiempos que su impaciencia puede esperar. Incluso puede ser más fácil manipularlxs para que lo hagan como mamá y papá desean (¡ojo!, digo desean y no necesitan) para evitar así un desacuerdo y, por lo tanto, vivir una fantástica oportunidad de diferenciación e individualización, necesarias para la autonomía.

Feliz crianza,

Lara Terradas

Si te apetece compartir un poco más acerca de la sobreprotección, te espero en el DIRECTO del próximo Martes 5 de febrero a las 21h que haré junto a Lara Terradas para hablar, en más profundidad sobre ello.  

Te animo a que dejes tus preguntas aquí debajo para poder respondértelas en vivo.

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¿Cuándo? MARTES 5 de FEBRERO DE 21H A 22H

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