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Escribir sobre el género es apasionante y necesario y, al mismo tiempo, siempre genera controversia. La parte más visible sobre la materia sería la de poder hablar de la transexualidad infantil, de las tendencias sexuales de lxs adolescentes, de los movimientos LGTB, de cómo acompañarlo en el ámbito de la crianza, etc. Pero hoy vengo a hablar de algo más encubierto: de la sustancia que amalgama las creencias dominantes entorno a la construcción del género y a sus políticas de actuación. ¡Vamos allá!

Voy a empezar por el título que le he dado al artículo y la necesidad de replantearnos los cuerpos y la vinculación que estos tienen con el género; comprender que poder abrazar la idea que el sexo sentido, a veces, difiere del sexo otorgado, abre un abanico de reflexiones y cortocircuitos. Pero me gustaría ir más allá: ¿quién ha decidido que un sexo de hembra debe ser femenino? ¿y que un sexo de macho debe ser masculino?

Plantearse el género implica muchas preguntas, deconstrucciones y revisiones profundas respecto qué roles y etiquetas se han asociado a nuestros genitales. Si esta mirada sexista y binaria es la “natural”, ¿qué sucede entonces con las personas intersex? Para quien no lo sepa son personas que al nacer no tienen unos órganos sexuales definidos en el binarismo: pueden tener ovarios y pene, o testículos y útero, etc. ¿Quién acaba decidiendo que no son “normales”? ¿Qué deben definirse? Yo te lo respondo: la sociedad sexista binaria y, como brazo ejecutor del status quo, la corporación médica.

Cierto es que nuestros procesos hormonales nos predisponen a ocupar un rol en la cadena de la reproducción humana, pero

¿implica esto que debamos habitar espacios distintos en el resto de ámbitos?

¿crees que es lo mismo reproducirse que maternar?

¿Qué la gestación, el parto y el amamantamiento construyen a las mujeres como seres exclusivos

para ofrecer afecto, amor y presencia?

¿Qué todo esto debe implicar dejar de realizarnos profesionalmente una vez esx bebé

se sienta segurx con otra figura de maternaje?

No me malentendáis: soy totalmente partidaria que el embarazo debe estar unido al parto, al puerperio y a la crianza (de aquí que me horrorice el planteamiento neoliberal de los vientres de alquiler). I que somos las hembras (sean mujeres cis, trans o género fluido) quienes, por diseño biológico, podemos acoger esta Vida que nace desde un lugar mucho más mamífero (en tanto que tenemos mamas) que los hombres biológicos (o machos humanos). Ahora bien, que esto no sirva de excusa para que estos se desentiendan de su capacidad -y necesidad- vincular con la persona recién llegada y con la madre biológica que la ha parido, ya que como personas, tienen la misma habilidad para poderse implicar en las decisiones, compromisos, afectos y gestiones que ser mapadre incluye.

Si remontamos a las culturas ancestrales y a las filosofías antiguas, encontramos una polaridad definida por lo que podríamos nombrar como “blanco y negro”, “sombra y luz”. Desconozco (y perdonad mis limitaciones) en que momento se equipararon estas dos tendencias como “masculino” y “femenino”. Soy toda oídos para seguir aprendiendo. Lo que está claro es que, basándonos en esta diferencia universal de los polos complementarios, podemos caer en un reduccionismo que al transportarlo en el ámbito social sin contemplar que, en qualquier tradición arcaica donde la naturaleza y los ciclos estaban más inseridos en la cosmovisión del momento, se comprendía que no existían los estados puros de “blanco” y “negro” y, tal y como se expresa en la metáfora visual del Ying-Yang, siempre hay algo del uno en el otro y viceversa.

Dividir en lugar de incluir, pude traer a que científicxs sin mirada de género – ni crítica-, caigan en el error de seguir reproduciendo lo que el patriarcado ha construido durante 7000 años de existencia: que hay dos polos diferentes y no contínuos, y que uno es superior al otro. De esta forma encontramos afirmaciones tan contundentes y sesgadas como la de Steven Goldberg: “los hombres son más agrsivos por naturaleza y tienen tendencia a dominar. Por lo tanto, el patriarcado es la traducción de las distintas capacidades naturales de hombres y mujeres llevadas al ámbito social”.

Después aparece Bert Hellinger diciendo: “la mujer sigue al hombre, y el hombre sirve a lo femenino” y ya nos descuadra la película. Pero a esto le dedicaré un capítulo distinto, sólo reflexionar, de nuevo, qué significa “mujer” y “hombre” para cada quien.

Te propongo algo: haz una mirada al mundo que te rodea y dime: si llegara un extraterreste en esta planeta hoy mismo, ¿qué idea se haría sobre el género? ¿qué tipo de cultura mainstream impera? Una vez te lo hayas respondido, es importante que comprendas que ese ser alienígena no es más -ni menos- que tu hijx. Como seres que llegan a esta realidad van observando, integrando, configurándose ideas de TODO, y claro, del género también. Si seguimos concluyendo que tan solo existen dos géneros, que son polares y cerrados, que cada uno de ellos tiene unos valores únicos e inamovibles, que estos extremos son jerárquicos y que cada punta va a sociada a un cuerpo determinado, seguiremos reproduciendo lo que ya empezó a disolverser. Es hora que abramos las visagras de nuestra mente y que comprendamos que esta polaridad no es nada más que un contínuum orgánico, con un ritmo cíclico; de la misma manera que no podemos separar la muerte de la Vida, es insensato pensar que la sombra puede existir sin la luz, y que le masculino interno, puede desligarse del femenino interno. Es hora de aceptar los sexos sentidos más allá de las formas, los momentos y la variabilidad.

Voy a acabar con la frase de R. Buckminster que siempre me acompaña como lema:

“A veces no hace falta cambiar un sistema,

sino que hemos de poder construir uno de nuevo que deje obsoleto al anterior”

Elisenda Pascual

*Imagen de Chrysallis

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