1 de mayo de 2022

El proceso de adopción y el establecimiento de vínculos afectivos


– La huella de los primeros años de vida –


Las primeras relaciones afectivas son cruciales para el desarrollo y la socialización de la persona. El ser humano nace profundamente inmaduro y frágil y la familia constituye el sostén que ofrece protección, apoyo y ayuda. Es en este espacio físico, emocional y simbólico que el/la bebé puede ir madurando y tomando conciencia de sí mismo/a y del mundo que lo rodea.


La experiencia de un vínculo seguro es una sensación de confort y bienestar que se obtiene a partir de la relación con la figura de afecto y protección y tiene continuidad a lo largo de la vida, de forma que constituye la base de las futuras relaciones.


Los niños y las niñas adoptados/as, en la mayoría de los casos, han tenido carencias significativas en este ámbito. Esto es porque no se ha producido el desarrollo natural del mecanismo de vinculación a causa de los numerosos cortes en el establecimiento de estas relaciones emocionales tempranas. Además, las posibles experiencias adversas vividas al inicio de sus vidas (maltrato, abandono, institucionalización prolongada, deprivación, malnutrición, falta de cuidados médicos, abusos o negligencias, entre otras) constituyen situaciones estresantes y de alto riesgo. De este modo, muchos de estos/as niños/as tienen dificultades para adquirir una base de seguridad, dado que esta se desarrolla a partir de la satisfacción de las necesidades básicas, la calidad y continuidad de las relaciones tempranas y la estabilidad del entorno, aspectos que se han visto gravemente comprometidos en su caso.


– La confluencia de dos historias –

La ansiedad por separación, el temor a la pérdida, el recelo ante las personas desconocidas y el miedo a establecer relaciones emocionales íntimas pueden estar presentes a lo largo de la vida de muchos/as adoptados/as, debido a que han sido sus primeras experiencias y han dejado rastro. Así mismo, las continuas demandas de afecto –que a veces pueden llegar a ser invasivas–, las conductas de acumulación de cosas (comida, juguetes, dinero, etc.), la indiscriminación afectiva, el escaso contacto ocular, las agresiones, el aislamiento, las dificultades para aceptar las contrariedades o los errores, el miedo de ser regañado/a, la presencia de pesadillas nocturnas, la ansiedad continua, etc. pueden ser igualmente manifestaciones de dificultades en el adecuado establecimiento del vínculo afectivo.

Por su parte, las madres y los padres adoptivos inician la relación emocional su hijo/a recién llegado/a en un contexto de fuerte deseo de ma/parentalidad, ilusión y entrega. De hecho, el/la menor ya está presente en su mente antes de la llegada al hogar, del mismo modo que durante la gestación se abre un espacio mental y físico al hijo/a todavía por llegar. A la vez, todos estos sentimientos irán a menudo acompañados de inseguridad, dudas y miedos; vivencias normales y naturales, las cuales dependerán en gran medida de las características e historia de la propia persona, y estarán también moduladas por el conocimiento y mirada hacia la adopción. Las madres y los padres adoptivos suelen llegar a la adopción con sus propias mochilas que en ocasiones incluyen infertilidad, sentimientos de culpa, estigma…


– Familia adoptiva y vinculación afectiva –


Con el inicio de la convivencia confluyen ambos caminos vitales y empieza la formación del nuevo sistema familiar. El proceso de vinculación es siempre de doble dirección: de los ma/padres adoptivos al niño/a adoptado/a y viceversa. Igualmente, conviene tener presente que en la co-construcción del vínculo es necesario todo un periodo de adaptación y conocimiento mutuo que requiere de tiempo y presencia.


Para el/la menor, la adopción y la vivencia de nuevas experiencias positivas en el seno de la familia adoptiva pone en funcionamiento una serie de mecanismos de protección capaces de amortiguar el impacto de la adversidad inicial y redirigir hacia la adecuación una trayectoria evolutiva previamente amenazada. En este proceso de cambio y acoplamiento, la posibilidad de vinculación y reparación pasa por la experiencia de confianza básica, que se genera a partir del ejercicio de las funciones parentales en términos de calidez, contención, sensibilidad, flexibilidad, apoyo incondicional y dedicación.


La resiliencia individual y familiar ―entendida como la capacidad para tolerar la ambigüedad y la incertidumbre, mantener unas expectativas realistas y esperanzadoras, afrontar los desafíos cambiantes, movilizar los recursos necesarios, elaborar las pérdidas y dotar de sentido las experiencias― es lo que explica el éxito del proceso adoptivo y la consolidación de la filiación adoptiva.


Marta Reinoso Bernuz, psicóloga perinatal, infantil i familiar. Miembro del equipo de Acompanyament Familiar.

Coautora del libro: Per fi junts! Parlem d’adopció

Tesis doctoral: Ajuste psicosocial y vivencia de la adopción en niños/as adoptados/as internacionalmente