La exigencia en la maternidad suele aparecer disfrazada de responsabilidad, de amor, de compromiso. Pero con el paso de los días vemos que vivir bajo esta lógica acaba agotándonos física y emocionalmente.
A pesar de los cambios sociales, la maternidad continúa estando atravesada por un mandato patriarcal muy potente: la madre como principal responsable de los cuidados. Ella debe saber, anticiparse, decidir, sostener, regular, reparar. No solo hacer, sino hacerlo bien, rápido, sola, sin molestar, con paciencia, presencia y disponibilidad emocional.
Este modelo de maternidad intensiva convierte el cuidado en un deber moral. Y cuando cuidar se convierte en una obligación absoluta, la exigencia no es una elección: es una respuesta casi inevitable.
Muchas madres no son exigentes porque quieran, sino porque el relato social no les permite apenas margen de error sin cargarlas con la incomodidad de la culpa.
La crianza se ha individualizado. Si algo no funciona —el sueño, las rabietas, el cansancio, el malestar emocional— la pregunta suele dirigirse a la persona cuidadora principal que, en la gran mayoría de familias, es la madre. Rara vez se pone el foco en las condiciones materiales, la red de apoyo o la corresponsabilidad real.
Esta individualización traslada problemas colectivos a responsabilidades personales. El malestar se vive como un fracaso individual, no como la consecuencia lógica de un sistema que no sitúa los cuidados en el centro. Y aquí la exigencia crece: la madre intenta compensar con esfuerzo aquello que el sistema no sostiene.
La autoexigencia, en este sentido, se convierte (a corto plazo) en la mejor aliada para la supervivencia.
La maternidad es un territorio lleno de incertidumbre. No hay garantías. No hay manuales infalibles. Y esto genera miedo: miedo a equivocarse, a hacer daño, a no estar a la altura.
Ante esta vulnerabilidad, muchas madres desarrollan una exigencia elevada como forma de regular la ansiedad.Si lo hago todo bien, quizá todo irá bien. Pero esta ilusión de control tiene un precio alto: una tensión interna constante que dificulta el descanso, el disfrute y la conexión.
La precariedad laboral, los permisos insuficientes, la presión económica y la conciliación imposible atraviesan la maternidad mucho más de lo que a menudo se reconoce. Criar con poco tiempo, con cansancio acumulado y con miedo a no llegar genera una exigencia añadida. No me puedo permitir fallar, porque no tengo margen para reparar.
La exigencia también se instala en el cuerpo. Un cuerpo que ha gestado, parido, amamantado y cuidado, pero al que se le exige recuperarse rápido, rendir, volver a ser funcional y, sobre todo, bonito. Cuando una madre está exhausta pero sigue exigiéndose calma, paciencia y disponibilidad infinita, se produce una fractura entre lo que siente y lo que se exige. Sus necesidades pasan a un segundo plano.La exigencia suele ir de la mano de la culpa y la vergüenza. Las comparaciones con otras madres y los juicios del entorno o de los y las profesionales se van interiorizando poco a poco, erosionando la confianza y aumentando el malestar.
Quizá el cambio más transformador sea dejar de preguntarnos por qué las madres son tan exigentes y empezar a preguntarnos qué les estamos exigiendo como sociedad. Qué condiciones ofrecemos para que puedan criar sin vivir en un estado de alerta constante.
Acompañar a las madres no es solo ayudarlas a ser más amables consigo mismas —que también—, sino reconocer que muchas de sus dificultades tienen raíces sociales, económicas y de género.Bajar la exigencia no es desentenderse. Es reconocer límites, pedir apoyo y legitimar el cansancio.
Quizá no se trate de hacerlo mejor, sino de no hacerlo solas. Y quizá, en ese gesto, empiece una maternidad un poco más habitable —para las madres y también para las criaturas.



