El arte de cerrar para abrir: casas que respiran

Como transitar del ruido del día a un hogar en calma

Últimamente pienso que se nos olvida cerrar, que vivimos en una especie de corriente continua. Creo que cerramos menos de lo que abrimos y que nos abandonamos más de lo que nos acogemos.

Con cerrar, me refiero a cerrar el día, el año, una tarea, un conflicto, un rol, una idea o una relación.

Quizás estés de acuerdo conmigo en que vivimos en la época de la ‘continuidad invisible’: un tiempo en el que se borran las fronteras entre el trabajo y el descanso, entre lo público y lo privado, entre allí y aquí. Seguramente conoces la sensación de estar compartiendo la mesa con la familia y, al mismo tiempo, una parte de ti está revisando un correo no enviado o una conversación pendiente.

Nuestra capacidad de procesamiento a menudo queda atrapada en tareas inconclusas. Y eso disminuye nuestra claridad mental y la calidad de presencia.

El peso biológico de los ciclos inacabados

Cada tarea que abrimos activa nuestro sistema nervioso simpático (la energía para la acción). Si no marcamos un final claro, el cerebro y el cuerpo no reciben la señal de que el “peligro” o el “deber” ha pasado. Es decir: aunque estés en el sofá, tu cuerpo puede seguir sintiéndose como si estuviera en una reunión.

Te propongo observar si esta activación sostenida y este “ruido de fondo” pueden ser una de las causas por las que la frustración de tu hijo o hija se te haga “un mundo”. A veces, la reactividad es fruto de un sistema saturado por el trabajo que continúa activo en segundo plano.

Cuando no nos dejamos espacio para cerrar antes de abrir, las criaturas —sensores emocionales finos— lo notan: nos sienten cerca, pero distantes. A pesar de estar presentes, nos echan de menos.

El vestíbulo: el espacio de transición

En esta cadena constante de tareas, la calma no aparece y la tensión queda estancada en el cuerpo.

Hoy te propongo incluir una pausa, un oasis en medio del frenesí de la continuidad: “el vestíbulo”.

Un espacio para dejar de mezclar escenarios, para decirle al cerebro que puede soltar una tarea y enfocarse en el presente. Un espacio para recordarle al cuerpo que puede relajarse.

¿Para qué nos puede servir el vestíbulo?


Primero, para notar que detenerte es posible. Después, para calmarte con pequeñas prácticas de vuelta al cuerpo, sintiéndolo como refugio (una mano en el centro del pecho, una serie de respiraciones presentes). Recursos sencillos que sean efectivos para ti.

Puedes preguntarte: ¿Qué me ayuda a volver al cuerpo? Tal vez al principio te resulte extraño. Pero con el tiempo se volverá natural, y el cuerpo, con la repetición, confiará en que es seguro parar y destensarse.

También puedes hacer un pequeño repaso de lo que sí has hecho, de lo que te llevas del momento anterior (trabajo, situación, día, relación, año…): lo que agradeces y has aprendido a través de la dificultad. Así el cuerpo y el cerebro pueden abrirse a lo nuevo.

Por ejemplo, con el trabajo, pueden ayudarte pequeños gestos: decirte “bajo el ritmo, entro en casa” (poner palabras ayuda a soltar), apuntar lo que queda pendiente (para que la cabeza deje de invertir tiempo en retener), ordenar el espacio, hacer una respiración lenta con intención o validar lo conseguido (ayudando al cuerpo a integrar el final).

También puedes crear frases para la transición, tipo: “Dejo fuera, me encuentro dentro”, “Respiro, me relajo, llego” o “Agradezco lo vivido”.

Quizás descubras que detenerte y respirar entre acciones no es perder el tiempo: es recuperar el timón de tu día, dar soporte al cuerpo para que se regule y descargar tensión antes de abrir el siguiente escenario. Es, en definitiva, facilitarte la vida, y permitir que la carga se vaya descargando poco a poco, evitando llegar al punto de explotar.

Propuestas para empezar el juego (las adultas primero)

Siguiendo con el ejemplo del trabajo:

  1. Sintoniza “la emisora presente”: baja el volumen del “canal trabajo” hasta que quede un murmullo lejano (no hace falta apagarlo del todo porque todavía existe). Observa el espacio: identifica tres colores o tres sonidos reales de tu entorno. Esto indica a tu sistema que el escenario ha cambiado y que es seguro relajarse.
  2. El gesto de quitarte los “post-its”: haz el gesto físico de quitarte de la frente y los hombros los post-its de tareas pendientes. Respira dejando salir el aire con un suspiro y busca un detalle que te ancle al presente: una risa, un olor, una luz, o incluso tocar con atención un objeto que te guste.

Si te cuesta cerrar, seguramente hay una parte en ti que pide atención. Si la ignoras, su demanda te acompaña en lo que queda del día y tu disponibilidad va quedando fragmentada.

Si aparece una emoción o tensión, puedes aprovechar para acogerla. Y si te resulta difícil sostener lo que notas, puedes llevar la mano con calidez donde el cuerpo lo necesite o centrar la atención en una parte del cuerpo que se sienta más tranquila (captando la amplitud de lo que pasa en ti).Y siempre puedes pedir compañía y apoyo si lo necesitas.

Ir cerrando “pestañas mentales” ayuda al sistema nervioso a pasar del estado de alerta (simpático) al estado de calma y conexión (parasimpático).

Rituales y vestíbulos con las criaturas


Los vestíbulos pueden ser de muchos tipos. Puedes incluir rituales sensoriales en las rutinas con tus hijos e hijas: una canción para la hora de recoger, una vela para empezar la cena, el cambio de camisa del trabajo como señal de cambio de rol (sudadera = tiempo de juego). Así les damos predictibilidad y, por tanto, seguridad.

Las casas que respiran creo que son hogares donde hay espacio para cerrar y abrirse a lo nuevo. Con “vestíbulos” hechos de rituales, conciencia de los ciclos, creatividad, pausa, cuidado interno, escucha del cuerpo y comunicación que cuida los vínculos.

Elisabet Rodríguez Piñero

Psicoterapeuta y Socioantropóloga

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