¿Quién puede escoger qué?

Sobre decisiones pequeñas y decisiones grandes

Son las 8:50h de una mañana cualquiera de un día primaveral. Hoy las criaturas de la escuela hacen una ruta literaria por su pueblo. A una de las casas, un niño de ciclo superior, un preadolescente con fuerte despertar puberal, después de diferentes intercambios verbales con su madre, grita:

–             ¡Ni de coña!, ¡No quiero ponerme crema!, ¡Es mi cuerpo!

La madre, cansada y con las manos blanquecinas de la crema que hace unos minutos ha preparado para poner a la cara del niño, se lo mira removida y sin decir nada, a sabiendas de la profundidad de matices y complejidad de temas que se están presentando. Unos segundos después, arranca a decir:

–             Sí, es tu cuerpo…

“Y por eso lo quiero cuidar”, hubiera podido decir, pero antes de pensarlo y hacerlo, el padre de lejos (también cansado por el rifirrafe tempranero) dice (en un tono fuerte):

–             No puedes elegir! Las decisiones de salud las tomamos nosotros, que somos las adultas.

La madre, que ya había empezado a meter la crema viendo la cara de incomodidad que siempre ha visto en su criatura cuando tienen que hacer este procedimiento, exhala deseando acabar rápido.

Esta madre soy yo. Y con esta situación cotidiana, real, humana e imperfecta, empiezo este artículo sobre “Quien puede elegir (escoger) qué: sobre decisiones pequeñas y decisiones grandes”.

Cuando hablamos de un tema, sea el que fuere, tenemos que tener presente que en cierto modo lo aislamos de otros muchos, para hacer digerible y comprensible aquello del que estamos hablando, pero la realidad los incorpora todos. Por eso, volvemos a revisar la situación tempranera desde los aciertos o errores acontecidos en algunas de las variables que se presentan:

–             Tiempo

A 10 minutos de entrar en la escuela, hay poco margen para nada que requiera tiempo. Si quieres cuidar mejor (y consigues gestionar esta variable) tener tiempo para “X” es importante. Si no, pues harás lo que puedas con lo que tienes. Y siempre te quedará la posibilidad de reparar cuando lo tengas, el tiempo.

–             Comunicación

El tono de la conversación es fuerte. Hay alguna subida de voz. También hay validación de una afirmación muy potente y necesaria: “Es mi cuerpo!”. También hay interacciones no citadas como: explicaciones previas del argumento para poner crema, riesgos posibles y una frase que se escucha en estas edades: “nadie de mi clase llevará”. Aparte de la información verbal y paraverbal (tono), hay alguna de no verbal como carrerillas de escapada (que, en este caso, dejo que sucedan para cuidar la respuesta de defensa activa de huida).

–             Emocionalidad

Hay enfado y no hay tiempo para poder rebajar la intensidad y gestionar la incomodidad de una manera completamente cuidada. Hay una respuesta de defensa activa -huir del espacio donde está la crema- y una amígdala (centro del miedo) funcionando a toda velocidad, quizás juntamente en la ínsula (centro de la interocepción). Sí, el enfado y la emoción de la rabia son enérgicas y potentes, y movilizan respuestas de defensa. Ser consciente nos puede aportar una capa más de profundidad a la hora de gestionar cada una de las situaciones. Al mismo tiempo, continuaremos trabajando para poder encontrar maneras cada vez más cuidadas de expresar y gestionar la rabia. Habrá momentos en los que estaremos más cerca de aquello al que aspiramos y otros donde todas sobreviviremos.

–             Límites

En esta situación el límite está en que toca poner crema sí o sí. Es una actividad escolar donde la criatura estará expuesta al sol desde la mañana hasta el mediodía. Es un límite de seguridad. También un límite social puesto que la escuela lo ha solicitado. No es un límite personal porque si en verano no quiere ponerse crema para ir la playa, lo respeto, si vamos antes de las 10.30h o a partir de las 18h (este es el límite de seguridad, entonces). La mirada de los límites según esta forma de ordenarlos (personales, sociales y de seguridad), nos permite hablar con más propiedad y hacer los ajustes necesarios según el contexto.

–             Valores en contradicción

“Es mi cuerpo!” frase con la cual el niño pone un límite al adulto que le ha enseñado la importancia de esto y ahora, en este preciso momento, ese mismo adulto se lo quiere saltar. Creo que todas podemos entender como en mayor o menor medida una se desencaja por dentro, sobre todo si nos quedamos en la superficie. Cada situación comporta la aparición de varios valores y necesidades, ponderarlos y poder leer la profundidad más allá del titular es esencial. Volviendo al ejemplo, cuando hay tiempo negocio la manera, si él o yo, si una crema u otra. Hoy no era el día. Bien, volviendo a las contradicciones, entender que la máxima aquí es: la crema solar protege tu cuerpo a corto y largo plazo, por eso, como te amo y te quiero cuidar, la ponemos.

Momento evolutivo (autonomía y necesidades auténticas)

Es importante tener presente que cada momento evolutivo permite comprender hasta puntos concretos del entramado (entre ellos, prever los riesgos) y asumir las responsabilidades que implican. Por eso, en esta situación él todavía no puede valorar el impacto que puede llegar a tener esta acción en su salud futura, sobre todo no puede asumir la responsabilidad. También, por momento evolutivo, podemos ver la fuerza e impulso de sostener el NO de un preadolescente, más contundente y explosivo que en otros momentos vitales (el chispazo emocional del que nos habla Siegel, a causa de la reestructuración de estructuras cerebrales implicadas).

Llegados a este punto, tenemos un mapa de la multiplicidad de temas que podemos revisar en cada una de nuestras situaciones cotidianas y…

¿Qué podemos decir sobre tomar decisiones?

Pues, que decidir sobre algo que afecta a la salud es una decisión grande. Volviendo a la situación: poner o no la crema, un día, no es una decisión grande. Cómo tratamos y cuidamos la piel en exposición al sol como sistema, sí que es una decisión grande.

Dejando aparte la situación presentada, para hacer obtener claridad sobre el tema que hoy nos incumbe podemos ordenar las decisiones en tres grandes grupos:

o            Decisiones pequeñas:

Aquellas que se dan en la cotidianidad.

Son fáciles de tomar, tienen poco impacto, con consecuencias inmediatas y reversibles. Por ejemplo: qué almorzar en la escuela, qué ropa meterse, en qué juego jugar.

Las podemos ir acompañante desde que las criaturas empiezan a manifestar interés y preferencia por una cosa u otra (ya durante el primer año de vida). Ofreciendo opciones limitadas (dos o tres) para que eligen.

o            Decisiones medianas:

Aquellas que implican pequeñas responsabilidades.

Son más complejas puesto que se tienen que valorar opciones, considerar las consecuencias que pueden desencadenar a corto (medio) plazo y precisan la intervención de capacidades superiores (organización, planificación, memoria de trabajo, etc.). Por ejemplo, qué actividades extraescolares quieren hacer, tener la responsabilidad sobre algunas tareas de hogar, resolver conflictos con amigos, decidir cómo distribuir el tiempo de estudio y de ocio por las tardes.

Las podemos acompañar desde los 5-6 años, haciendo preguntas (estimulando pensamiento crítico) y orientando el proceso, cogiendo progresivamente más un rol de supervisión según va aumentando su autonomía y el ser más capaces.

o            Decisiones grandes:

Aquellas que afectan a la estructura de la familia, como gestión de la salud, temas económicos, cambios de escuela o de casa, relación entre adultas (separaciones, organización parental, etc.).

Son decisiones con un impacto importante, en muchas ocasiones a largo plazo y con consecuencias duraderas. Este tipo de decisiones implican una complejidad difícil de valorar por un niño (también el adolescente), puesto que están por encima del nivel de autonomía adquirido.

En relación a esto último es importante mencionar que si una criatura se encuentra expuesta a decidir sobre estas cuestiones (decisiones grandes) puede verse sobrepasada por la responsabilidad, desconectada de sus propias necesidades y entrar un rol que no le corresponde, convirtiéndose en un niño o niña parentalizado (asume el rol de un adulto).

Entonces, ¿cuál es el papel que pueden tomar las criaturas en las decisiones grandes?

Como familia conviene crear espacios de conversación alrededor de las decisiones grandes, puesto que los niños también estarán afectados por ellas. Según la edad, serán conversas meramente explicativas donde tendremos ocasión de enterarnos de cómo las vive el niño (y acompañarlo), o serán conversas en las cuales podrán participar y dar su opinión, sabiendo que la decisión final la tomarán las adultas (y asumirán responsabilidades y consecuencias).

Tal y como ya hice en mi primer artículo de Acompañamiento Familiar, cierro el de hoy recuperando una frase de Lydía Cuervas, escrita a “Musas de la educación VIVA” de la Colección Musas, ilustrado y autoeditado por Sara Cendán Masip. Este re.COR.datorio es:

“ Madre-Padre-acompañante: solo estamos aprendiendo.”

¡Deseo que este espacio de intimidad que he abierto sea nutricio para ti y para la gran tarea que estás haciendo! Y que te sea suave ir integrando las decisiones de tus hijxs, cuando son bien distintas a las tuyas. Te abrazo.

Judit Labèrnia Reverter

Psicóloga. Psicoterapeuta integradora especializada en sexualidad, perinatal y trauma

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