Naturaleza y salud mental infantil

(re)Naturalizar la vida familiar en la ciudad

Vivimos rodeados de pantallas, asfalto y espacios artificiales. Pasamos gran parte del día en interiores: en casa, en la escuela, en el trabajo, en el coche. Y a menudo, los niños y niñas también. Pero ¿qué ocurre cuando nos alejamos tanto de la Naturaleza?

En Biofilia, Edward O. Wilson propone que los seres humanos tenemos una tendencia innata a conectar con el mundo natural porque nos desarrollamos en contacto con él durante miles de años. De hecho, muchos autores de la antropología, la psicología evolutiva o la educación ambiental utilizan la metáfora de que, en términos evolutivos, llevamos apenas unos minutos viviendo en ciudades y miles de años en la naturaleza.

Hoy casi nadie cuestiona la relación entre Naturaleza y salud mental. Es un tema cada vez más presente en los medios, en las conversaciones cotidianas e incluso en el marketing, que a menudo nos vende experiencias y aventuras en lugar de productos. También se ha extendido el concepto de trastorno por déficit de naturaleza, introducido por Richard Louv en Last Child in the Woods, para describir los efectos de crecer alejados del entorno natural.

Pero que esta idea esté presente en la narrativa actual, ¿significa que realmente la hemos integrado en nuestro día a día? ¿Cómo podemos llevarla a la práctica? Y, sobre todo: ¿cómo podemos (re)naturalizar la vida familiar sin tener que irnos a vivir al campo?

La regla del 3

El investigador en bosques urbanos Cecil Konijnendijk popularizó la conocida regla del 3-30-300, una propuesta basada en estudios sobre urbanismo, salud mental y bienestar. Según esta guía, las personas que pueden ver al menos 3 árboles desde la ventana, viven en barrios con un 30% de cobertura arbórea y disponen de una zona verde o azul amplia a menos de 300 metros suelen presentar mejores indicadores de salud física y emocional.

Podéis hacer el ejercicio ahora mismo. Mirad por la ventana de casa o del trabajo y observad los espacios donde pasáis más tiempo. ¿Hay árboles? ¿Hay vegetación cercana? ¿Tenéis un parque, un jardín o algún espacio con agua cerca? El resultado quizá os sorprenda. Y eso, inevitablemente, también impacta en la infancia y en la manera en que los niños y niñas se relacionan con el mundo que los rodea.

La Naturaleza como forma de vida

Cuando hablamos de las niñas y niños y su desarrollo, es importante entender que la necesidad de contacto con la Naturaleza no se cubre únicamente con actividades puntuales o salidas de fin de semana. No se trata solo de ir a la montaña de vez en cuando, sino de integrar la Naturaleza como una forma de vida cotidiana.

Los niños y las niñas necesitan tocar, oler, ensuciarse de barro, observar, explorar y relacionarse con lo vivo de manera espontánea. Necesitan tiempo y espacio para desarrollar un vínculo afectivo con el entorno natural. Esto no requiere grandes recursos ni planes extraordinarios. A menudo, pequeñas acciones cotidianas pueden generar grandes cambios. Os pongo algunos ejemplos:

  • Juego libre en la Naturaleza: dar tiempo para explorar, trepar a los árboles, mojarse, ensuciarse sin que sea una actividad dirigida por los adultos.
  • Paseos lentos y observación: ¿cómo cambian los árboles o las flores del parque urbano durante las estaciones? Recoger piedras, palos o aquello que les llame la atención y crear un pequeño altar en casa o escuchar las diferentes tonalidades del canto de los pájaros.
  • Cuidar plantas o crear pequeños huertos: hierbas aromáticas que luego podrán degustar, aprender sobre los ciclos observando cómo se desarrolla una pequeña tomatera…
  • Participar en tareas cotidianas: cocinar con alimentos naturales, hacer compost con los restos orgánicos, reciclar…

Os dejo algunas propuestas divididas por franjas de edad:

0-3: tocar tierra, agua, hojas y piedras; caminar descalzos sobre césped o arena; juegos sensoriales con elementos naturales como, por ejemplo, cerrar los ojos y adivinar qué es según el tacto.

4-7: buscar tesoros naturales y guardar algunos; construir una cabaña o hacer figuras y dibujos con palos, hojas y piedras; plantar semillas y ver cómo evolucionan; hacer manualidades con elementos naturales.

8 en adelante: paseos largos y juegos de orientación en la naturaleza siguiendo mapas o creándolos; cuidar de un huerto y decidir qué hacer con la cosecha; proyectos de reciclaje o biodiversidad.

Crear vínculos con la Tierra

La idea no es solo pasar más tiempo al aire libre, sino desarrollar vínculos afectivos con lo vivo. Cuidar animales y plantas, observar los ciclos naturales, la vida y la muerte, para crear una relación de cuidado hacia la Tierra, no como una obligación ecológica o moral, sino desde el sentido de pertenencia y el amor.

Cuando estos espacios aparecen de manera regular en la vida familiar, a menudo también disminuye de forma natural la exposición a las pantallas y la necesidad de entretenimiento constante. En la Naturaleza, el aburrimiento se transforma en exploración, creatividad e imaginación. Y tranquilas: no hace falta vivir en el campo para (re)naturalizar la vida familiar. A veces, todo empieza mirando con más atención el árbol que tenemos al lado de casa.

Para terminar, os dejo una frase de Heike Freire en Educar en verde:

“Madres, padres, educadores, responsables políticos y administrativos deberíamos asumir que, además de afecto, buena nutrición y un sueño reparador, los niños y las niñas necesitan una Tierra sana con la que mantener una intensa relación afectiva”.

Fabienne Aguilera Suter. Psicóloga familiar y Infanto-juvenil

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