Infantes y adultos aprendiendo a atravesar nuestras tormentas interiores
Hay épocas en las que vivo en medio de un campo de batalla. Como si, en cualquier momento, pudiera estallar una bomba o sonar ese disparo que da comienzo a un gran conflicto… A veces me parece que vivo en un barco pirata: ambiente cargado, olor a pólvora y esa tensión que anuncia tormenta antes de que caiga el primer rayo.
Y cuando ese escenario lo tienes dentro de casa… sí, podemos decir que tenemos un «pequeño» problema.
Mis hijos, de vez en cuando, me declaran la «guerra». A mí y al mundo, pero sobre todo a mí. Y yo, inocente de mí, casi nunca lo veo venir. Es como si tuvieran una alarma secreta que suena justo cuando yo pienso: «Hoy será un día tranquilo».
Una mirada desafiante, un silencio lleno de intención, aquella respuesta impulsiva… y un sinfín de hostilidades en forma de gritos, insultos y un catálogo interminable de posibles ataques. Y yo, como madre, caigo de lleno: me indigno, me enfado, me avergüenzo (porque… sí, también me pasa).
Entonces me vienen pensamientos como este:
—Pero tú, mocoso, ¿qué te has creído? ¿Quién te ha educado así? ¿Y ahora qué te pasa? Tú no estás bien. ¿Y yo qué te he hecho?
Todos estos pensamientos aparecen cuando tengo delante a un pequeño pirata blandiendo una espada.
Cuando tienes a un pequeño guerrero gritándote al oído, no sé vosotros, pero yo me pongo en posición de defensa: cojo la armadura, un palo y me preparo para atacar. Es mi instinto natural. Un instinto que, en mi caso, competiría con cualquier videojuego: rápido, visceral y con el botón de «responder ya».
Y es que, cuando mi hijo me lleva al límite de la paciencia, eso de respirar hondo, hablar bajito y mantener la calma me parece una auténtica proeza.
Y sí: en ese momento cogería a la criaturita y la colgaría de la lámpara del comedor durante un rato.
Es broma, no lo haría. Pero confieso que lo he imaginado más de una vez.
Cuando aflora el instinto primario, es difícil no dejarse llevar. Y por eso es tan admirablemente complicada la tarea de criar, educar y contener a nuestros hijos… y, sobre todo, nuestra propia tormenta interior.
Cuando un niño —o un adulto— está en medio de una batalla, más que un adversario necesita a alguien que lo comprenda. Alguien que le devuelva la luz perdida: una luz cálida, suave… Alguien que le ayude a expresar esa rabia que necesita salir por algún canal.
A veces nos toca hacer de puente. De contenedor. De puerto seguro. La única manera de desactivar al guerrero es dejarle expresarse con libertad, comprensión y validación, ofreciéndole un lugar y un espacio de respeto. Y eso no significa darle la razón, ¿eh? Cuando mi hijo me dice «mamá, eres tonta» (o lo mejor de todo: «ojalá no fueras mi madre»), no se me pasa por la cabeza contestarle «sí, tienes razón, cariño».
Pero cuando consigo no entrar en una batalla campal, una buena respuesta podría ser:
—Vaya, veo que estás muy enfadado… Lo siento. Estoy aquí por si puedo ayudarte.
Y nos quedamos. Firmes y un poco tontas (porque a veces toca serlo), pero esta manera de actuar, tan sencilla, ofrece a nuestros hijos una incondicionalidad difícil de explicar y fácil de sentir: que los aceptamos, incluso cuando ellos mismos llevan los bolsillos cargados de pólvora.
Y es que… qué importante es tener un lugar donde drenar la rabia, el enfado, la sensación de injusticia. ¿Qué haríamos nosotros, los adultos, si no pudiéramos «cagarnos en todo» de vez en cuando? Soltar unos cuantos tacos, instalarnos unos días en la queja, tener un poco de mala leche… Es necesario para transitar los cambios, tomar decisiones y darnos cuenta de cosas que, sin malestar, quizá no veríamos.
La diferencia es que nosotros tenemos más herramientas (y más años de entrenamiento) para dar forma al malestar. Los niños… hacen lo que pueden. ¿Cómo se transforma el malestar cuando todavía ni siquiera puedo comprenderlo? ¿Cuando no sé ponerle voz? ¿Cuando no sé que puede convertirse en palabras, en sentido? Pues sale como puede: de golpe, imperfecto, incorrecto, incómodo… y con mucha energía, porque ellos todavía no han aprendido el modo «filtros».
Yo lo reconozco: hay épocas en las que navego por mares agitados. Son épocas que llegan después de la calma o de la desconexión, momentos en los que conecto con cosas que necesitan cambiar… y entonces las resistencias aparecen disfrazadas de enfado. Y es necesario que eso ocurra.
Y también es necesario encontrar personitas que nos hagan de espejo, que nos devuelvan la realidad con ternura y que nos cojan de la mano cuando nos sentimos «demasiado». Que nos digan:
—Te veo enfadada últimamente. Te quiero igual, ¿eh? Pero… ¿todo bien?
Y, sobre todo, que nos recuerden que la guerra no es el final. Es solo una tormenta que, si la sostenemos con amor (y un poco de sentido del humor), acaba dejando paso a un día un poquito más claro.



